Por Yurién Portelles *
Quito (PL) Al amanecer, con una tapa o lanza de dos metros en una mano para la caza y la umena o cerbatana en la otra, el nativo waorani, de la amazonía ecuatoriana, se dispone a buscar el alimento de cada día. En el huerto trabajan las mujeres, y en el onka, la vivienda tradicional, le espera la familia, optimista en que algo caerá a los estómagos porque sus hombres son fuertes, por la dieta rica en proteína y la actividad física constante.
Aunque pareciera insignificante, el komi, el filo hilo usado para amarrar el pene a la cintura y evitar que en el río los pececillos les dañen el miembro, les representa el poder y la energía que aseguran poseer.
Probablemente el interés por esa fortaleza y resistencia llevó a que en 1991, en medio de la desolación de la selva donde viven hace siglos los waorani, integrantes de una de las 18 etnias de la nación, la dinámica de este pueblo indoamericano se viera interrumpida.
Recelosos por tradición de quien llega a sus predios, los nativos aceptaron a unos bondadosos extraños que les ofrecieron análisis médicos por el bien de la salud y les extrajeron muestras de sangre, pero nunca más los vieron.
Fue la petrolera Maxus la que introdujo en territorio amazónico a una brigada médica para realizarles los exámenes y tomarles muestras de ADN sin su consentimiento, y cuya posesión ha revelado el Instituto Coriell, de la Universidad estadounidense de Harvard.
Como resultado, el gobierno de Ecuador acaba de determinar que un comité jurídico nacional lleve a tribunales internacionales la denuncia de los waorani sobre esta práctica ilegal, presuntamente para posteriores investigaciones.
Aunque el Instituto Coriell, con sede en Nueva Jersey, confirmó en su página web que tenía 36 muestras de ese material genético de esta comunidad nativa, negó haberlas obtenido ilegalmente.
Ahora serán la Defensoría del Pueblo y el Ministerio Coordinador del Patrimonio los encargados de establecer el proceso legal, el cual, se afirma, busca establecer un precedente y precautelar los patrimonios naturales o biológicos de Ecuador.
ADN ECUATORIANO
El suceso ocurrido con los waorani no es nuevo en el país, dijo en entrevista con Prensa Latina, en esta capital, el investigador César Paz y Miño, decano del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la Universidad de las Américas, de Ecuador.
El académico y genetista señaló que lo mismo ha sucedido con los chachis de la provincia de Esmeraldas y con los tsáchilas en Santo Domingo, a quienes se les ha extraído sangre y luego las comunidades no recibieron nunca una retribución por el aporte.
A su juicio, el Estado ecuatoriano está en el deber de iniciar un proceso porque sentaría un precedente para la protección de la riqueza genocultural en cualquier grupo humano, en particular en los grupos no contactados o en estado de aislamiento.
Expone que es preciso resguardar a estas poblaciones para evitar el uso ilegal de sus muestras con vistas al beneficio exclusivo de un grupo de poder económico, sin que estos pueblos puedan apreciar siquiera el resultado de las investigaciones.
Paz y Miño manifiesta que ciertamente no han sido estudiados los grupos huaoranis o wao, como también se les llama, a causa de las limitaciones económicas y de los proyectos científicos incipientes aunque muy serios en este campo, en el país.
Respecto a las pesquisas genéticas en esta nación suramericana, señaló que hace unos 20 años, aunque con limitaciones económicas, se realizan estudios pero solo para la descripción del ADN de los ecuatorianos.
Los estudios de las mitocondrias, una parte del ADN, han arrojado que en Ecuador la población afro proviene del Congo, en Africa, mientras los cholos de la costa están relacionados genéticamente con la población árabe y libanesa.
También los quichuas tienen genes de Australia y del centro de Asia, mientras los mestizos acaparan una mezcla de todos estos grupos y de la península ibérica, lo cual avala el conocimiento histórico sobre esa procedencia.
En Ecuador se han realizado importantes estudios de la fibrosis quística del páncreas, que normalmente causa un daño pulmonar, pero aquí un gen de raro comportamiento provoca problemas respiratorios y gastrointestinales atípicos, con alta incidencia de muertes en niños.
Otras exploraciones realizadas por los científicos nacionales con un basamento bioético, dijo el experto, tienen que ver con la investigación genética de la enfermedad del Alzheimer, del cáncer de próstata y de estómago, relacionado este último con la bacteria Helicobácter pylori.
ADN DE LA HUMANIDAD
Para el científico, el mundo contemporáneo precisa de estas indagaciones a fin de explorar las características de los grupos humanos, sus posibilidades de supervivencia y coadyuvar al descubrimiento de genes resistentes y de medicamentos con vistas al tratamiento de ciertas afecciones.
Sin embargo, señala que estas pesquisas deben ser beneficiosas a la humanidad en general y realizarse con el consentimiento de las comunidades nativas o sociales escogidas, a las que también deben ofrecerse los resultados e incluso parte de los dividendos económicos si se obtuvieran.
En su opinión, es necesario despojarse del mito de que todos los investigadores tienen propósitos dañinos, pero debe protegerse a las poblaciones autóctonas con un sistema legal, el cual permita control para estas investigaciones en función de la ciencia y no de su mercantilización.
Expone que en las indagaciones científicas cualquier elemento que se encuentre va a reportar importantes réditos económicos a sus autores, como por ejemplo un gen de resistencia a enfermedades como la malaria, el dengue u otras enfermedades tropicales.
El académico expone que en este tipo de investigaciones en los pueblos poco contactados o aislados se presume ese hallazgo, porque se supone que un componente genético les ha permitido la adaptabilidad al medio ambiente en esas condiciones.
Apunta que en estos centros o grupos científicos se piensa que el descubrimiento de un gen es una buena inversión y por eso vienen a los países en la búsqueda de tales comunidades, cuyos Estados tienen estructuras judiciales y legales débiles, para hacer sus análisis libremente y luego patentar los resultados.
En una primera aproximación monetaria hecha por los waorani -porque la riqueza genocultural es invaluable-, ellos aseguran que podrían obtener mil 500 millones de dólares derivados de esas muestras exóticas de su componente sanguíneo.
Para el experto, Ecuador debe reclamar los derechos de este pueblo aborigen y establecer un código de protección a las poblaciones autóctonas, vulnerables desde todo punto de vista, a fin de que sean consultadas y puedan recibir en algún momento el beneficio de su contribución.
*Corresponsal de Prensa Latina en Ecuador.
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